sábado, 1 de agosto de 2026

Maximino Pérez padece la ELA

En el mes de abril le llegó malas noticias para el empresario taurino Maximino Pérez. Una palabra de tres letras, ELA, que cambia radicalmente el horizonte de cualquiera. Sin embargo, sentarse a escuchar a Maximino Pérez es recibir una lección de entereza que desarma. Lo cuenta sin dramatismo en La Tribuna de Cuenca, con los pies en el suelo y una tranquilidad que asombra a quienes conocen la crudeza de una enfermedad que él mismo define sin rodeos como «letal». Pero se niega en redondo a que este diagnóstico sea el relato completo de su vida. «Estoy luchando con una enfermedad que es letal», reconoce abriendo el corazón, para inmediatamente añadir una perspectiva desconcertante: «Podría decir que he vivido momentos más difíciles en mi vida». Habla en ese instante de los laberintos del alma humana, del estrés, de la ansiedad, de la depresión y de todos esos factores que pueden hacer que una persona atraviese momentos especialmente duros. Y lanza un dardo contra la superficialidad de la mirada ajena: «Los humanos somos muy atrevidos para valorar la vida de las personas cuando le ves al otro lado de la acera o te encuentras en un restaurante». Él sabe perfectamente dónde está y hacia dónde camina. Con una mezcla de crudeza y serenidad, avisa: «Donde voy yo, vais a ir todos, y ojalá tardéis mucho». Y, acto seguido, recupera el gesto: «Sigo con mi sonrisa». Lejos de hundirse, el empresario taurino confiesa haber encontrado una extraña paz en la certeza. «Ahora conozco mi destino y eso me da tranquilidad», explica de forma lapidaria. No hay miedo a la muerte en sus palabras, ni tampoco un solo gramo de arrepentimiento al mirar por el retrovisor. Su balance vital es absoluto: «Si pudiera volver al principio, si tuviera la posibilidad de repetir exactamente la misma vida, volvería a escogerla». La elegiría entera, con sus aciertos y sus errores, con sus alegrías y sus disgustos, con los éxitos y con los instantes amargos. Incluso al hablar del final, su claridad es sobrecogedora: «Si tengo que morir tumbado en una camilla, prefiero esa muerte a cualquier otra». Ese viaje vital ha estado estrechamente ligado a Cuenca durante más de un cuarto de siglo y el nombre de Maximino, sin haber nacido en ella, ha quedado inevitablemente ligado a la feria taurina de San Julián. Ahora, precisamente cuando el Ayuntamiento reconoce esa trayectoria con el Premio Ciudad de Cuenca y prepara su nombramiento oficial como Hijo Adoptivo, la vida le obliga a este durísimo parón. Él recibe el cariño de la ciudad con agradecimiento, pero sin cambiar el paso ni un milímetro. «Estoy agradecido a la ciudad de Cuenca y a todos los amigos y a las amistades que tengo aquí, pero estoy en la misma línea que estaba, yo sigo trabajando igual», aclara. La gran diferencia en el día a día es que la enfermedad le ha obligado a dar un paso atrás en la gestión de la feria. Ahora son sus hijos quienes han tomado las riendas, asumido la organización de la Feria de San Julián de este año y tomado la batuta de la empresa. Él observa, acompaña y, sobre todo, confía. «Estoy tranquilo, estoy bien», repite como un mantra. Dos frases sencillas que adquieren un peso colosal conociendo su situación. Hace unos meses, cuando llegó el momento de reunirlos y poner sobre la mesa la realidad de su salud, sus hijos fueron capaces de dar el paso al frente. «Ellos solos han hecho la feria», asegura henchido de orgullo. En ellos ve la continuidad de una forma de entender el trabajo basada en un concepto sagrado para él: la ilusión. «La ilusión tiene que estar intacta como el primer día para poder lograr que tu cliente, que es el abonado, tenga la misma ilusión, y para eso la ilusión la tienes que tener tú», asevera con vehemencia. Porque para Maximino, el verdadero éxito ya no se mide en taquillas. Al preguntarle por el legado que quiere dejar, se olvida de las plazas de toros, de las ferias y de los números. Su prioridad es puramente humana: «El único legado que yo creo que es el más importante que tengo como ser humano y como padre es que el día de mañana, cuando hablen de mí y estén mis hijos delante, sea para bien». Cuenca no solo le dio una profesión; le dio una vida entera. Al repasar estas más de dos décadas, Pérez enumera con precisión lo vivido en la ciudad: «Muchas satisfacciones, mucha estabilidad, mucha solvencia profesional, muchos disgustos, muchos avatares, muchas alegrías y muchas sorpresas, algunas buenas y otras menos buenas». Y tras ponerlo todo en la balanza, concluye: «Gracias a Dios, me ha dado muchas cosas y casi todas buenas». Mientras la burocracia institucional acelera los trámites para oficializar un caluroso nombramiento como Hijo Adoptivo que la calle ya ha convalidado, Maximino Pérez tiene muy claro qué es lo que se lleva en el corazón después de tantos años de trabajo. No se queda con una gran tarde de toros ni con una feria histórica. «Con la gente», responde de inmediato. Se queda con quienes le han querido, con quienes han confiado en él y con quienes se alegran al verle. «Eso es lo que vale», apostilla. Con esa tranquilidad real, sin miedo al destino y sin renunciar a la sonrisa, afronta el futuro con la certeza de que volvería a elegir exactamente el mismo camino. Mil veces. 

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